Marcos López

Santa Fé, Argentina| b. 1958

Blanco y negro | 1984 - 1992

Sobre la serie

Ésta serie esta compuesta por fotografías de escenas documentales (fiestas populares, retratos de niños pobres, trenes abandonados…) y puestas en escena medio surrealistas, como se dice vulgarmente cuando parecen pies descalzos con gran angular y en primer plano, máscaras, puertas en los médanos que se recortan en el horizonte, situaciones que se pueden atribuir a los sueños. López resume los valores que rigen la vida de una familia de clase media en la provincia, con una mezcla de homenaje y de guió humorístico. Es evidente la perspectiva kitsch de la mirada, pero también el tierno regodeo ante la acumulación de adornos y de símbolos que expresan el decoro y la moral cristiana del hogar. Cómplice de esa singular convivencia de humor y deferencia, la madre posa con absoluta seriedad frente al mundo de su gobierno, como ignorando la máscara que lleva puesta.

La rigidez de la pose y la expresión de las miradas es un hilo conductor en toda la obra. Rara vez el modelo está distendido; sus poses tienen algo de forzado o falsas; un brazo, un pie, la inclinación de la cabeza, están articulados a un punto mínimo en el movimiento que no resulta natural.

La forma de mirar a la cámara o de mirar, simplemente, es siempre serena y firme. No hay ambigüedades, complacencia o seducción. Estamos -no cabe la menor duda- ante una pose. ¿Posan para la inmortalidad, como en el siglo pasado? No son tan serios como aquéllos. Posan con mayor naturalidad, sin darse cuenta, casi. Aceptando la situación como un destino.

La fotografía más importante de esta primera etapa, “El ganador”, se centra en la figura del héroe masculino. Permite apreciar la picardía, el doble sentido, la falsa inocencia con la que el autor utiliza el lenguaje tradicional de la fotografía. La iluminación frontal contrapesa la luz del poniente y torna teatral el gesto del héroe mostrando su atributo triunfal. Todo era verdadero, el partido de fútbol, el trofeo, el protagonista. No obstante, la imagen trasciende la referencia concreta y adquiere el estatuto de documento alegórico, que será la tipología troncal de la serie Pop Latino.

B&N Coloreado | 1986 - 2003

Paisaje urbano | 2002 - 2003

Sobre la serie

Las fotografías que componen la serie Paisaje Urbano (que hacen referencia al trabajo epónimo de Claude Lévi-Strauss) rinden homenaje a una cultura periférica devastada por la fuerza homogeneizadora del capitalismo e indaga en la relación entre poder y dominación establecida por Occidente.

Preocupado por el futuro de su país, López denuncia con sus fotografías de vidriera tanto las políticas de hiperinflación de los años ochenta (contrastando estos signos con las numerosas áreas de negocio abandonadas) como las políticas neoliberales llevadas a cabo por el gobierno de Carlos Menem en los años noventa cuyo resultado fue la crisis financiera del 2001. “No puedo evitar despertarme cada mañana y preguntarme por el destino de nuestro conflictivo continente, en una tierra de inmigrantes donde los supermercados se llaman “Bienestar” y los hoteles baratos en mi barrio “Constitución”, “Biarritz”, “Mónaco” y “Costa de Azur”. Aquí en Argentina, todo lo que ves, escuchas y decís significa algo más. En mis fotografías trato de organizar ese caos, la sensación visceral de la ausencia de significado. Fotografío un farol en un lugar insignificante en una ciudad ordinaria: Santa Fe, Gualeguaychú, Villa María. No importa dónde. En todos ellos yo creo -a la manera de un artesano que despierta máscaras de arcilla- caras diferentes que expresan una misma sensación: el desánimo”, explica el artista.

Sub-realismo criollo | 2005 - 2010

Sobre la serie

Marcos López suele decir que su obra es hija ilegítima de Diego Rivera y Andy Warhol. Contiene el relato didáctico de la historia que emerge de los murales del primero y la elevación de lo popular y lo cotidiano a la categoría de arte que abanderó el segundo; pero aflora también el sedimento de la pintura religiosa, del barroco colonial como paradigma del sincretismo en el arte latinoamericano. De nuevo un canon impuesto y de nuevo un paradigma subvertido.

En las fotografías de la serie Sub-realismo criollo, los arquetipos han sido sometidos a una suerte de piñata, como celebración amarga de un paraíso prometido que una y otra vez se confirma como estafa. En tanto que celebración se hacen visibles la estridencia, el exceso y la sátira, pero sus puestas en escena remiten a menudo al momento posterior a la fiesta: el crudo regreso a la realidad. Su crónica social no se apoya en la tradición de la fotografía documental “comprometida” que predominó en Latinoamerica durante muchas décadas del siglo XX, pero no por eso sus imágenes renuncian a ser documentos. Son documentos en forma de parodia, pero documentos al fin y al cabo. De ellos extraemos una información adicional de orden económico, cultural, político y social a pesar de que no esté adscrita a un momento decisivo, sino más bien a momentos híbridos de realidad y ficción, dotados de una temporalidad que se expande desde el presente hacia el pasado para no olvidar de dónde venimos aunque no sepamos a dónde vamos. Frente a ese instante decisivo que fue bandera para el documentalismo del siglo pasado, Marcos López demora la construcción de su imagen a la intervención de ese segundo obturador que es la manipulación digital. Mediante esa herramienta adopta el rol de director de escena, coreografiando la posición y el gesto de los actores y responsabilizándose de todos los elementos que se incluyen en la imagen. Busca la complicidad de los espectadores desde una gramática que debe mucho al cine, al teatro, al cómic y a los tableauxi de la pintura clásica: todos sabemos que eso que él denomina “una crónica sociopoética” de su entorno es ficción, pero reconocemos la concordancia de las emociones representadas con las que vivimos en la realidad.

En éstas escenas, el fotógrafo abandona las paletas estridentes y el eje de referencia se desplaza fuera del pop y del mundo del consumo hacia la historia del arte. La primera pieza de esta serie, basada en la iconografía de la “Ultima cena”, quedará probablemente como su obra maestra: “Asado en Mendiolaza”. El artista adaptó el icono más reconocible de la Pasión de Cristo al ritual amistoso del domingo argentino. Convirtió un referente culto en una imagen popular. La cita es evidente y, sin embargo, el sentido del original se encuentra trastocado. En la mesa de Cristo nadie se aboca a la comida. En la cruda realidad argentina, donde la muerte es un hecho cotidiano, donde la zozobra acerca del destino de ultratumba se vuelve tilinga frente a la incertidumbre del mañana inmediato, los muchachos se entregan a un éxtasis de un banquete que, por motivos mucho más terrenos, también puede ser el último.

Pop latino | 1996 - 2014

Sobre la serie

En las imágenes de la serie, la proliferación de mercancías y símbolos populares, la insistencia en una paleta viva y saturada, la escala mural de cartel publicitario y muchos otros rasgos pueden adscribirse a la estética del pop norteamericano. No obstante, la referencia a un estilo primermundista del arte contemporáneo funciona menos como elemento modernizador de su fotografía que como catalizador de una observación crítica de su propio entorno político y cultural. López toma el modelo importado para pronunciarlo mal, para transgredirlo, para revertir su sentido original. En sus imágenes nada queda del optimismo y la mesura formal del arte norteamericano de los sixties. Los recursos del arte pop son sometidos a una sobrecargada hiperbólica que los convierte en elementos de una parodia teatral, de una mascarada. López acumula en el primer plano personajes disfrazados y repletos de atributos y emblemas, exhibidos al espectador con una gesticulación exagerada que recuerda con ironía la frontalidad forzada de los comerciales televisivos.

En la Argentina, el menemismo asumió rasgos particulares que afectaron el campo de los valores simbólicos. Por un lado, la estrategia política combinaba los formatos de la democracia electoral con tácticas que garantizaban un poder centralizado y autoritario. Por otro, la consolidación de la corrupcion como modo de ascenso social va conformando nuevos estilos de vida. La marcada preferencia por los lenguajes del consumo masivo y del kitsch guardaba relación con la cultura festiva y superficial de los 90. El expreso tono apolítico sostenido por los artistas era un síntoma del estado de las fuerzas políticas del momento, incluso cuando un infantilismo voluntario solía recubrir estos discursos orientados hacia el relato personal y la anécdota doméstica.

“La ciudad de la alegría” es la fotografía que inaugura Pop Latino. La multiplicación de pancartas con el rostro de Carlos Menem, que entonces comenzaba su largo mandato presidencial, da a estas grotescas puestas en escena un tono decididamente político. En éstas primeras imágenes, Marcos López transforma la propaganda triunfalista del gobierno en risa teatral y farra vacía. La “alegria” es, por supuesto, irónica y alude al sentido dramático que subyace tras la cobertura colorida de sus escenografías y sus máscaras. Bajo la promesa presidencial de un ingreso sin escalas al Primer Mundo (eslogan que López parodiaría directamente en “Carnaval criollo”), durante los 90 se produjo un progresivo vaciamiento del capital nacional, tanto económico como simbólico. La multiplicación de baratijas importadas (como las que nos ofrece al monstruoso vendedor de “Todo por dos pesos”) alude a la pérdida creciente de identidad cultural que se esconde bajo los ideales de integración al universo del consumo.

Dípticos | 2012

Ay!...Patria mía | 2012 - 2013

Vuelo de cabotaje | 2010 - 2012

Debut y despedida | 2011 - 2015

Sobre la serie

En los posters intervenidos, Marcos López comete un acto artístico. Visita una parte de la historia para reescribirla. Compra los posters: Ansel Adams, Roy Lichtenstein, la celebración del 4 de julio puestos en unión. Sale de la librería apurado, pensando en la cara del vendedor, si el empleado de la caja cobró bien o mal, camina apurado con los rollos debajo del brazo, como si alguien fuera a descubrir la intensión por detrás. En su estudio de Barracas, devenido en taller, a las 5 am empieza el día: se pone a pintar de manera compulsiva, como rapto creativo destapa frascos de acrílico y comienza a actuar en escenas del pasado capturadas en posters que necesitan una reescritura para redimirse de su olvido desde los años 80. Una pintura nada tímida, aunque un poco ingenua en su trazo pero no en su decir. Esa pintura, ese trazo infantil que retorna intacto y sincero de un largo viaje hacia el futuro. Allí, se vuelve a pensar en la relación de la fotografía, la pintura y el gesto. Una pintura, según dice él, terapéutica, para calmar las angustias y ansiedades. Una pintura que permite hablar del gesto humano, del hombre y su contexto. Andy Warhol, Robert Mapplethorpe, Edward Hopper, Richard Avedon. Que distinto es hablar de luz en fotografía y en pintura.

La pintura dice verdades, revelaciones aun más icónicas que la fotografía, por su diálogo con el modelo. El pintor entra en comunión con ese modelo y lo siente entre los dedos. Esa comunión, mediada por el pincel, reescrita en el poster, enmarcada y colgada, permite una declaración de sinceridad y felicidad. Libertad de pintar, hablar y decir lo que se le canta. Lo revelador de este relato construido por Marcos es la asociación de imágenes, gestos pictóricos y faciales, que va más allá de presentar las cosas como son.