












Charlie Squirru fue un artista pop emblemático, sí, pero ante todo fue un heraldo del pop esotérico.”
Gonzalo Aguilar
ESOTERISMO POP: CHARLIE SQUIRRU | Gonzalo Aguilar
Charlie Squirru fue una figura clave del arte argentino durante la agitada década del sesenta. Hermano de Rafael Squirru –fundador del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires– y pareja de Dalila Puzzovio, Charlie participó activamente en el Instituto Di Tella, posó para la célebre tapa de Primera Plana que anunciaba la irrupción del arte pop, e ideó –junto a Dalila y Edgardo Giménez– el cartel Por qué somos tan geniales, que ocupó durante treinta días de 1965 la emblemática esquina de Viamonte y Florida.
Con Dalila formaron, sin duda, la pareja más fabulosa del arte de aquellos años. Protagonizaron innumerables notas en revistas, con títulos tan rimbombantes como “Los popes del pop” o “Antes y después de nosotros no hay nada”, y concibieron exposiciones como La muerte (1964). Además, desarrollaron múltiples emprendimientos vinculados al diseño y la moda, y compartieron una vida entera: se conocieron a comienzos de los sesenta y estuvieron juntos hasta la muerte de Charlie, en 2022. A lo largo de esas décadas, Charlie Squirru elaboró una obra singular, cuya clave tal vez resida en el objeto que eligió portar como emblema en el célebre cartel Por qué somos tan geniales: una bolsa de sangre para transfusión.
El tema central de la obra de Charlie Squirru —que se desarrolló con insistencia, casi como una obsesión, hasta sus últimos trabajos— ya se anuncia en su etapa neoyorquina, cuando estudia en el Art Student’s League y, a comienzos de los años sesenta, en Graphic Arts of New York. En ese período, explora los lenguajes en boga, como el expresionismo abstracto y el collage, utilizando —a la manera de Kurt Schwitters— materiales precarios y cotidianos: recortes de periódicos con imágenes de la Duquesa de Alba o publicidades de coñac, por ejemplo. En algún momento de 1963, Charlie sueña que asesinan al presidente John Fitzgerald Kennedy, algo que finalmente ocurre en noviembre de ese mismo año. “Tuve un sueño premonitorio y vi todo el asesinato, incluido el fuego cruzado de las dos personas que lo mataron. El sueño sobre la muerte de Kennedy fue como una película que pasaba delante de mis ojos. Y me di cuenta de que Oswald no lo había matado, aunque trataron de hacerlo pasar por asesino”, recordaría más tarde. Además de unos dibujos de los supuestos asesinos —que aún se conservan—, Squirru pintó un cuadro con el rostro del presidente manchado de sangre, una mortaja y “la tijera de la mafia negra”. Allí ya están presentes la técnica que empleará a lo largo de casi toda su trayectoria —las siluetas trazadas con aerosol— y una serie de motivos figurativos que se volverán recurrentes: cerebros, bujías, motos, chorros de sangre, cadenas, insectos.
Con La Pirámide de Saturno, presentada para el Premio Di Tella de 1965, Squirru fue pionero en el giro pop con un artefacto experimental que combinaba escultura, pintura, sonido y espacios penetrables. La obra —hoy desaparecida— puede reconstruirse parcialmente a partir de las fotografías conservadas: tres escalones conducían a los espectadores hacia el interior de la pirámide. Una vez adentro, se encendían luces y las paredes aparecían tapizadas con baberos y escarpines ensangrentados, acompañados por una composición electrónica de Miguel Ángel Rondano (integrante del Departamento de Música del Di Tella), que mezclaba sonidos abstractos con marchas militares, ráfagas de ametralladoras y llantos de bebés. En el exterior se veían siluetas de una figura montada en una moto estampadas sobre las caras de la pirámide. A los costados, salían dos transfusiones de sangre que conectaban con los perfiles de dos rostros. Según relató Dalila Puzzovio a Fernando García para su libro El Di Tella, la sala del Premio 1965 estaba a cargo de Samuel Paz, “que era como una monja directora. Todo tenía que estar impecable porque, si no, se desquiciaba. Charlie estaba armando la pirámide —Pirámide de Saturno, una protoinstalación— y tenía la idea de poner un plato de carne picada y una botella de leche La Martona. Como Samuel sabía que yo era su pareja, venía y me hablaba para convencerme de que le pidiera a Charlie que desistiera de hacerlo. Y lo hizo”.
Cultor del esoterismo, a Charlie Squirru le gustaba pensarse como un visionario: según él, no solo anticipó el asesinato de Kennedy en sus obras, sino que sus siluetas constituyen un antecedente premonitorio del Siluetazo de 1983. Más allá de su voluntad de alimentar su propio mito personal, lo cierto es que la violencia desatada aparece como una constante en su producción. Críticos como Rafael Cippolini y Miguel Grinberg han señalado, a propósito del círculo de cerditos sacrificados de La gruta non sancta (1964) —actualmente en la colección del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires—, que se trata de “una figura profética del destino que nos esperaba”. La combinación de violencia sangrienta y lenguaje esotérico da lugar en su obra a imágenes de gran potencia simbólica. En una de sus piezas para la exposición La muerte, Squirru combina dos siluetas de perfiles humanos con cerebros, motos y la palabra “אברא כדברא” (abracadabra) escrita en forma de triángulo en uno de ellos, mientras que el otro contiene un cuadrado mágico donde los números suman 15 en todas las direcciones. La palabra “אברא כדברא”, de origen arameo, puede traducirse como “crearé según hablo”. Se cree que hacer desaparecer una letra en cada línea, como lo hace Squirru, otorgaba poderes protectores o curativos, especialmente contra enfermedades. En otras obras introduce la inscripción “JHS” (referencia a Jesús), la palabra “Dios”, o incluso recurre a maleficios populares al representar, por ejemplo, una chancha encadenada. “La iconografía de la silueta —llegó a decir— nace de mis estudios ocultistas”.
En Squirru confluyen diversas tradiciones esotéricas que formaron parte del arte argentino, desde Leopoldo Lugones y Xul Solar hasta Benjamin Solari Parravicini, de quien fue muy amigo. Esta veta mística —una corriente subterránea que recorre, como un reguero de pólvora, una cultura que se pretende laica y civilizada— constituye una característica singular del imaginario argentino. Según Kenneth Kemble, desde sus columnas en The Buenos Aires Herald, Charlie Squirru fue quien hizo conocer el pop en el arte argentino. Pero lo hizo a su modo: además del interés por la moda y la fiesta, por los medios masivos y la reproducción en serie, su obra trajo consigo un impulso oscuro y fascinante que provenía de las ciencias ocultas. Por eso, Charlie Squirru fue un artista pop emblemático, sí, pero ante todo fue un heraldo del pop esotérico.
“Charlie Squirru was an iconic Pop artist, yes — but above all, he was a herald of Esoteric Pop.”
Gonzalo Aguilar
POP ESOTERICISM: CHARLIE SQUIRRU | Gonzalo Aguilar
Charlie Squirru was a key figure in Argentine art during the turbulent 1960s. Brother to Rafael Squirru—founder of the Museum of Modern Art of Buenos Aires—and partner of Dalila Puzzovio, Charlie was an active participant at the Instituto Di Tella, posed for the celebrated Primera Plana cover announcing the arrival of Pop Art, and conceived—together with Dalila and Edgardo Giménez—the billboard Why Are We So Wonderful?, which occupied for thirty days in 1965 the emblematic corner of Viamonte and Florida.
Along-side Dalila, they undoubtedly formed the most fabulous couple in the art world of those years. They were the subject of countless magazine features, with flamboyant headlines such as “The Popes of Pop” or “Before and After Us There Is Nothing,” and conceived exhibitions like La muerte (1964). They also developed numerous ventures related to design and fashion, and shared an entire life together: they met in the early 1960s and remained together until Charlie’s death in 2022. Over those decades, Charlie Squirru created a singular body of work, whose key perhaps lies in the object he chose to carry as an emblem in the famous Why Are We So Fabulous? billboard: a blood transfusion bag.
The central theme of Charlie Squirru’s work—pursued with insistence, and almost obsession, until his final pieces—was already foreshadowed during his New York period, when he studied at the Art Students League and, in the early 1960s, at Graphic Arts of New York. During this time, he explored the prevailing languages of the moment, such as Abstract Expressionism and collage, using—à la Kurt Schwitters—discarded, everyday materials: newspaper clippings with images of the Duchess of Alba or cognac advertisements, for instance. At some point in 1963, Charlie dreamt that President John Fitzgerald Kennedy was assassinated—something that, in fact, would happen in November of that same year. “I had a premonitory dream and saw the entire assassination, including the crossfire from the two people who killed him. The dream about Kennedy’s death was like a film playing before my eyes. And I realized that Oswald hadn’t killed him, although they tried to make it look as if he had,” he would later recall. In addition to a few drawings of the supposed assassins—which are still preserved—Squirru painted a work depicting the president’s blood-stained face, a shroud, and “the scissors of the black mafia.” Already present in this piece were the techniques he would use for nearly his entire career—silhouettes sprayed with aerosol paint—and a set of figurative motifs that would become recurrent: brains, spark plugs, motorcycles, spurts of blood, chains, insects.
With La Pirámide de Saturno, presented for the 1965 Di Tella Prize, Squirru was a pioneer of the Pop turn, creating an experimental device that combined sculpture, painting, sound, and walk-in spaces. The work—now lost—can be partially reconstructed from surviving photographs: three steps led viewers into the interior of the pyramid. Once inside, lights would switch on, revealing walls covered with blood-stained bibs and baby booties, accompanied by an electronic composition by Miguel Ángel Rondano (a member of the Di Tella Music Department) that mixed abstract sounds with military marches, bursts of machine-gun fire, and the cries of babies. On the exterior, silhouettes of a figure riding a motorcycle were stamped on the faces of the pyramid. On either side, two blood transfusions extended outward, connecting to the profiles of two faces. As Dalila Puzzovio recounted to Fernando García for his book El Di Tella, the 1965 Prize gallery was overseen by Samuel Paz, “who was like a nun in charge. Everything had to be spotless, or he would lose his mind. Charlie was assembling the pyramid—La Pirámide de Saturno, a proto-installation—and he had the idea of placing a plate of ground beef and a bottle of La Martona milk. Since Samuel knew I was his partner, he would come and talk to me to convince me to get Charlie to drop the idea. And he did.”
A devotee of esotericism, Charlie Squirru liked to think of himself as a visionary: according to him, he not only anticipated the assassination of Kennedy in his works, but his silhouettes also served as a premonitory precedent to the Siluetazo of 1983. Beyond his eagerness to cultivate his own personal myth, it is true that unleashed violence appears as a constant in his production. Critics such as Rafael Cippolini and Miguel Grinberg have noted, regarding the circle of sacrificed piglets in La gruta non sancta (1964)—now in the collection of the Museum of Modern Art of Buenos Aires—that it is “a prophetic figure of the fate that awaited us.” The combination of bloody violence and esoteric language in his work gives rise to images of great symbolic power. In one of his pieces for the exhibition La muerte, Squirru combines two silhouettes of human profiles with brains, motorcycles, and the word “אברא כדברא” (abracadabra) written in the shape of a triangle in one of them, while the other contains a magic square in which the numbers add up to 15 in every direction. The word “אברא כדברא,” of Aramaic origin, can be translated as “I will create as I speak.” It is believed that making one letter disappear in each line, as Squirru does, conferred protective or healing powers, especially against illness. In other works, he incorporates the inscription “JHS” (a reference to Jesus), the word “God,” or even turns to popular curses, as when representing, for example, a chained sow. “The iconography of the silhouette,” he once said, “comes from my occultist studies.”
In Squirru, various esoteric traditions that were part of Argentine art converge—from Leopoldo Lugones and Xul Solar to Benjamin Solari Parravicini, with whom he was close friends. This mystical vein—a subterranean current running, like a trail of gunpowder, through a culture that prides itself on being secular and civilized—forms a distinctive feature of the Argentine imagination. According to Kenneth Kemble, writing in his columns for The Buenos Aires Herald, Charlie Squirru was the one who introduced Pop into Argentine art. But he did so in his own way: beyond an interest in fashion and nightlife, in mass media and serial reproduction, his work carried with it a dark and fascinating drive rooted in the occult sciences. For this reason, Charlie Squirru was indeed an emblematic Pop artist—but, above all, he was a herald of esoteric Pop.

Pintura
Año 1960
Oleo sobre tela
Dimensiones 71cm x 105cm | 16 x 12 in
Unica pieza
Paint
Year 1960
Dimensions XXX
Unique piece

Pintura
C. 1960
Óleo sobre tela
Dimensiones 160 x 120 cm | 63 x 47.2 in in
Pieza única

Pintura
1960
Óleo sobre tela
Dimensiones 52 x 42 cm | 20 x 16 in
Pieza única

Pintura
1960
Óleo sobre tela
Dimensiones 42 x 32 cm | 16 x 12 in
Pieza única

Collage
Técnica mixta
Dimensiones 46 x 61 cm | 18 x 24 in
Pieza única

Collage
1961
Técnica mixta
Dimensiones 46 x 61 cm | 18 x 24 in
Pieza única
ESOTERISMO POP: CHARLIE SQUIRRU | Gonzalo Aguilar
Charlie Squirru fue una figura clave del arte argentino durante la agitada década del sesenta. Hermano de Rafael Squirru –fundador del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires– y pareja de Dalila Puzzovio, Charlie participó activamente en el Instituto Di Tella, posó para la célebre tapa de Primera Plana que anunciaba la irrupción del arte pop, e ideó –junto a Dalila y Edgardo Giménez– el cartel Por qué somos tan geniales, que ocupó durante treinta días de 1965 la emblemática esquina de Viamonte y Florida.
Con Dalila formaron, sin duda, la pareja más fabulosa del arte de aquellos años. Protagonizaron innumerables notas en revistas, con títulos tan rimbombantes como “Los popes del pop” o “Antes y después de nosotros no hay nada”, y concibieron exposiciones como La muerte (1964). Además, desarrollaron múltiples emprendimientos vinculados al diseño y la moda, y compartieron una vida entera: se conocieron a comienzos de los sesenta y estuvieron juntos hasta la muerte de Charlie, en 2022. A lo largo de esas décadas, Charlie Squirru elaboró una obra singular, cuya clave tal vez resida en el objeto que eligió portar como emblema en el célebre cartel Por qué somos tan geniales: una bolsa de sangre para transfusión.
El tema central de la obra de Charlie Squirru —que se desarrolló con insistencia, casi como una obsesión, hasta sus últimos trabajos— ya se anuncia en su etapa neoyorquina, cuando estudia en el Art Student’s League y, a comienzos de los años sesenta, en Graphic Arts of New York. En ese período, explora los lenguajes en boga, como el expresionismo abstracto y el collage, utilizando —a la manera de Kurt Schwitters— materiales precarios y cotidianos: recortes de periódicos con imágenes de la Duquesa de Alba o publicidades de coñac, por ejemplo. En algún momento de 1963, Charlie sueña que asesinan al presidente John Fitzgerald Kennedy, algo que finalmente ocurre en noviembre de ese mismo año. “Tuve un sueño premonitorio y vi todo el asesinato, incluido el fuego cruzado de las dos personas que lo mataron. El sueño sobre la muerte de Kennedy fue como una película que pasaba delante de mis ojos. Y me di cuenta de que Oswald no lo había matado, aunque trataron de hacerlo pasar por asesino”, recordaría más tarde. Además de unos dibujos de los supuestos asesinos —que aún se conservan—, Squirru pintó un cuadro con el rostro del presidente manchado de sangre, una mortaja y “la tijera de la mafia negra”. Allí ya están presentes la técnica que empleará a lo largo de casi toda su trayectoria —las siluetas trazadas con aerosol— y una serie de motivos figurativos que se volverán recurrentes: cerebros, bujías, motos, chorros de sangre, cadenas, insectos.
Con La Pirámide de Saturno, presentada para el Premio Di Tella de 1965, Squirru fue pionero en el giro pop con un artefacto experimental que combinaba escultura, pintura, sonido y espacios penetrables. La obra —hoy desaparecida— puede reconstruirse parcialmente a partir de las fotografías conservadas: tres escalones conducían a los espectadores hacia el interior de la pirámide. Una vez adentro, se encendían luces y las paredes aparecían tapizadas con baberos y escarpines ensangrentados, acompañados por una composición electrónica de Miguel Ángel Rondano (integrante del Departamento de Música del Di Tella), que mezclaba sonidos abstractos con marchas militares, ráfagas de ametralladoras y llantos de bebés. En el exterior se veían siluetas de una figura montada en una moto estampadas sobre las caras de la pirámide. A los costados, salían dos transfusiones de sangre que conectaban con los perfiles de dos rostros. Según relató Dalila Puzzovio a Fernando García para su libro El Di Tella, la sala del Premio 1965 estaba a cargo de Samuel Paz, “que era como una monja directora. Todo tenía que estar impecable porque, si no, se desquiciaba. Charlie estaba armando la pirámide —Pirámide de Saturno, una protoinstalación— y tenía la idea de poner un plato de carne picada y una botella de leche La Martona. Como Samuel sabía que yo era su pareja, venía y me hablaba para convencerme de que le pidiera a Charlie que desistiera de hacerlo. Y lo hizo”.
Cultor del esoterismo, a Charlie Squirru le gustaba pensarse como un visionario: según él, no solo anticipó el asesinato de Kennedy en sus obras, sino que sus siluetas constituyen un antecedente premonitorio del Siluetazo de 1983. Más allá de su voluntad de alimentar su propio mito personal, lo cierto es que la violencia desatada aparece como una constante en su producción. Críticos como Rafael Cippolini y Miguel Grinberg han señalado, a propósito del círculo de cerditos sacrificados de La gruta non sancta (1964) —actualmente en la colección del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires—, que se trata de “una figura profética del destino que nos esperaba”. La combinación de violencia sangrienta y lenguaje esotérico da lugar en su obra a imágenes de gran potencia simbólica. En una de sus piezas para la exposición La muerte, Squirru combina dos siluetas de perfiles humanos con cerebros, motos y la palabra “אברא כדברא” (abracadabra) escrita en forma de triángulo en uno de ellos, mientras que el otro contiene un cuadrado mágico donde los números suman 15 en todas las direcciones. La palabra “אברא כדברא”, de origen arameo, puede traducirse como “crearé según hablo”. Se cree que hacer desaparecer una letra en cada línea, como lo hace Squirru, otorgaba poderes protectores o curativos, especialmente contra enfermedades. En otras obras introduce la inscripción “JHS” (referencia a Jesús), la palabra “Dios”, o incluso recurre a maleficios populares al representar, por ejemplo, una chancha encadenada. “La iconografía de la silueta —llegó a decir— nace de mis estudios ocultistas”.
En Squirru confluyen diversas tradiciones esotéricas que formaron parte del arte argentino, desde Leopoldo Lugones y Xul Solar hasta Benjamin Solari Parravicini, de quien fue muy amigo. Esta veta mística —una corriente subterránea que recorre, como un reguero de pólvora, una cultura que se pretende laica y civilizada— constituye una característica singular del imaginario argentino. Según Kenneth Kemble, desde sus columnas en The Buenos Aires Herald, Charlie Squirru fue quien hizo conocer el pop en el arte argentino. Pero lo hizo a su modo: además del interés por la moda y la fiesta, por los medios masivos y la reproducción en serie, su obra trajo consigo un impulso oscuro y fascinante que provenía de las ciencias ocultas. Por eso, Charlie Squirru fue un artista pop emblemático, sí, pero ante todo fue un heraldo del pop esotérico.
Join our mailing list for
updates about our artists.
exhibitions, events and more.